martes, 12 de mayo de 2020

ALICIA MOREAU DE JUSTO: BIOLOGÍA, PSICOLOGÍA Y MUJER | A 34 AÑOS DE SU FALLECIMIENTO


A comienzos del siglo XX, las teorías imperantes invocaban a sofisticadas fórmulas (que hoy consideraríamos seudo científicas, aunque entonces integraron el sustrato indiscutible de la ciencia) que mixturaban elementos de la frenología, la craneometría y la biotipología con el objetivo de encontrar alguna explicación que diera sustento objetivo, observable y numéricamente demostrable para lograr comprobar que las mujeres tenían una inferioridad biológica constitutiva que hacía incompatibles las funciones maternas con la realización de actividades científicas e intelectuales.

Alicia Moreau fue una de las pioneras en la Facultad de Medicina de la UBA buscando desafiar esas ideas. Tanto en esos claustros como en cursos que tomó luego de graduarse como maestra, produjo varios artículos vinculados al quehacer científico. Según la historiadora Dora Barrancos, las numerosas conferencias de Alicia “relacionadas con la medicina y la higiene social, tanto como otros abordajes próximos no obtienen una edición que nos permita acceder a sus ideas en la materia”.

En este apartado nos enfocaremos en sus escritos de tipo médico-psicológicos en los que una Alicia joven, enérgica y aguda, aborda muchas y disímiles temáticas propias, además, de un momento formativo. Los escritos incluyen temas darwinianos y de la evolución en general, educación y temáticas ginecológicas, entre otros aspectos. Las intervenciones médicas en el campo psicológico se habían ampliado a principios de siglo pues, así como el médico podía curar el cuerpo humano, también podía operar sobre el social. De allí que –positivismo comtiano mediante, aunque no menos influido por Claude Bernard– la razón experimental fue la base para observar y comprender lo social, incluyendo las patologías propias de una sociedad en conflicto. Así, la locura y la criminalidad fueron tratadas desde el campo médico y se sostuvo que sanar el cuerpo social requería metodologías específicas de intervención que permitieran registrar hechos observables de manera objetiva para, luego, tabular y sistematizar los resultados.

Las primeras obras de Moreau se encuentran en relación con la psicología. Un primer trabajo fue compilado por la cátedra de Horacio G. Piñero (1869-1919), destacado médico psiquiatra argentino, una obra que contenía los estudios realizados en el marco del laboratorio de Psicofisiología. Alicia se basó en una entrevista que había realizado a una interna del Hospicio Nacional de Alienadas. En ella sigue con rigurosidad la metodología de indagación vigente –propia del método psiquiátrico– en la cual aguza la sospecha de que la paciente miente y que, parte de la cura, está en reconocer sus contradicciones. Al contrario de las tipologías del campo psiquiátrico de la época que establecen correlaciones físico-mentales, el informe de Alicia ofrece un registro detallado en el que afirma que esa patología mental diagnosticada no se corresponde con ninguna evidencia física e, incluso, hace hincapié en que la formación general de la paciente no ha sido afectada y es locuaz, con buena dicción y cierta cultura general. A tal punto, señala, que podría dudarse de que la enferma lo es.

A este primer trabajo, sucedió otro en coautoría con un compañero de estudios, Pedro Fernández, en el año 1905. Esta investigación de tipo psicométrica, rama propia de la psicología experimental impulsada por Víctor Mercante, se refería a un grupo de escolares organizados por edad y por sexo. Según afirman, ante un excitante, la capacidad asociativa e interpretativa de los escolares era mayor que con dos. Si bien utilizaban el método psicométrico, Moreau y Fernández creían que con éste no se obtenían conclusiones sobre desarrollo intelectual infantil y, a priori, sostenían que el comportamiento del sujeto o la manera de contestar eran también relevantes y que los resultados de su experimentación debían situarse en ese marco más amplio. En un artículo de 1906, a instancias de su experiencia en la cátedra de Piñero, la autora defendía la psicología experimental como una vertiente que no anteponía teorías previas sino que se rendía ante los hechos.

Según Moreau, esta rama no se ocupaba ya de buscar la psiquis en los primeros fenómenos biológicos siguiendo su derrotero a lo largo de la evolución, sino que buscaba “el despertar de los fenómenos psíquicos en ese compendio de la evolución de las especies que era el niño”. Señalaba la necesidad de que la pedagogía ingresara decididamente al universo de las disciplinas experimentales pues consideraba que, al ser la educación una de las influencias primordiales sobre la modelación del individuo, era perentorio que aplicara un método científico. Concluía con una esperanza y una certeza a partir de ello: a futuro, “ya no se inculcarán en el niño desde muy pequeño, esas fórmulas, esas sentencias en las cuales debe creer por sólo la autoridad del que lo dice y se le acostumbrará en la familia y en la escuela a observar y razonar, se formarán en él hábitos intelectuales más positivos que lo alejarán de la palabrería hueca y sentenciosa”.

Imbuida de expectativa en la cientificidad futura de la pedagogía, apostó fuertemente al papel del medio sobre cualquier herencia biológica. Estas ideas las desarrolló en la Revista Socialista Internacional que analizaremos en el siguiente apartado. Como mencionan sus biógrafas, Alicia Moreau de Justo fue lectora de Charles Darwin y Herbert Spencer, obras de lectura habitual en la época, que además recibió de su padre y algunos docentes de la Escuela Normal. La influencia de esos autores, como indica Álvaro Girón, requiere precisiones geográficas, temporales y culturales, su recepción y apropiación pues, en muchos casos, más que frente a adopciones irrestrictas, nos encontramos, más bien, con aceptaciones de la idea general de evolución antes que de las teorías y mecanismos que involucraban esas posiciones.

En 1915, adhirió a la idea de que hasta los organismos denominados inferiores tenían inteligencia en tanto eran capaces de adaptar su conducta a fin de sobrevivir o mejorar sus condiciones de vida. Junto con él, también concibió que con sensibilidad, deseo y frustración se avanzaba en el orden de la naturaleza desde los protozoos hasta los seres humanos. Sin embargo, no apostaba a una psicología antropomórfica lineal que era una visión simplificada de la teoría de Darwin. Luego, según la autora, sobrevino una reacción a esta postura y fue una visión antagónica de aquella que concibió todo de manera mecánica y que mostraba al individuo obrando bajo las fuerzas externas de la naturaleza independientemente de la fisiología. Censuraba, así, ambas posturas extremas y, aunque asumía las ideas evolucionistas, lo hacía con menos ahínco en los giros biologicistas comúnmente asociados a ellas.

Esa idea se visibilizó, también, en la Conferencia “La pretendida degeneración de las razas” dictada en la Universidad Nacional de La Plata en 1907 y publicada en 1909. Es una interesante interpretación sobre el concepto de raza y las potencialidades de desenvolvimiento de los seres humanos en un medio propicio y con las herramientas educacionales adecuadas. En este texto, impugnó “el dogma prejuicioso de la pureza, la desigualdad y la supremacía raciales”. Siguiendo la tesis de Jean Finot, pensador francés que discutía las teorías racistas, Alicia utilizó el concepto para dar cuenta de aspectos culturales más que de los biológicos.

- Extracto del estudio “Recorridos, tensiones y desplazamientos en el ideario de Alicia Moreau” de Adriana María Valobra, investigadora del CONICET, publicado en la Revista Nomadías, N°15, 2012.

martes, 2 de abril de 2019

La historia jamás contada de las enfermeras abusadas durante la Guerra de Malvinas | Por Juan Parrilla.

Ya no son invisibles. La última dictadura militar y los sucesivos gobiernos democráticos sepultaron la historia de las mujeres que participaron de la Guerra de Malvinas, pero un libro las sacó del letargo. Su publicación animó a muchas a contar parte de lo que desencadenó pesadillas, estrés postraumáticos y adicciones: los abusos a los que fueron sometidas. Las violaciones, las golpizas y el maltrato psicológico que sufrieron.
"Lo que más me costó entender es que ellas creían que estaba bien, que se lo tenían que bancar", confiesa en una entrevista Alicia Panero, cuyo libro Mujeres Invisibles recuperó la silenciada historia de las mujeres que participaron de la Guerra de Malvinas.
El libro, publicado el año pasado, no trata el tema de los abusos, porque sencillamente no se sabía que habían ocurrido. "Me decían que habían vivido cosas feas, pero yo me imaginaba cuestiones propias de la guerra y de la época", explica Panero. Pero en marzo de este año una de las víctimas por primera vez contó que la acosaron sexualmente. No buscaba un reconocimiento, sino liberar un recuerdo hasta entonces reprimido. Y con el tiempo aparecieron más.
Hasta ahora se conocen seis casos de abuso sexual, físico y psicológico, y se presume de un séptimo. Todas eran aspirantes de entre 17 y 21 años que habían ingresado a la Marina como estudiantes de enfermería, que se desempeñaban en la Escuela de Sanidad del Hospital Naval de Puerto Belgrano y que atendieron a los heridos durante la Guerra de Malvinas. Y todas apuntan contra dos superiores: el teniente José Italia y el suboficial José Vivanco.
Claudia Patricia Lorenzini fue la primera en contar su dolor, luego de recuperarse de una adicción de dos décadas al alcohol. Con sólo 15 años, había ingresado en 1981 a la Armada en el marco de un curso no tradicional para mujeres de quinto año del secundario con experiencia en enfermería en el ámbito civil. Viajó al sur desde La Plata junto a otras tres adolescentes.
"'Aspirante Lorenzini, venga, vamos a ir a que se pruebe su uniforme de gala', me decía (el teniente Italia). Y yo me subía a su cupé Fiat celeste. 'Vos me gustas. Yo te voy ayudar, pero no tenés que decir nada a nadie porque te puede costar la baja. Además no te creerían', me advertía. Y sus manos comenzaban a meterse debajo de mi chaqueta de fajina. Luego me besaba, y llevaba mi mano a su miembro, mientras acariciaba mis entrepiernas. Sucedió muchas veces", recuerda.
"Para mí era parte de la instrucción. ¿Mis sentimientos? No sé, parecía un juego, pero puedo aseverar que me causaba temor. Cada vez que él aparecía me producía un gran malestar, me irritaba su presencia. Mis manos se abrían y cerraban con mucha transpiración, me mordía los labios. Cuando comenzó la guerra solía verme con él, pero con menos frecuencia. Me ha llevado al (buque hospital) Bahía Paraíso a mí sola para trasladar algo, y de paso aprovechaba", añade.
El tiempo pasó. Pero como Patricia "no aguantaba más", decidió detallarle su martirio a otra aspirante que era un poco mayor, quien a su vez le contó a otra compañera. La historia, al parecer, escaló. Y un día la mandaron a llamar sus superiores.
"Había unos cuantos hombres con jinetas importantes. Me parece que estaba el director de la Escuela de Sanidad Naval, (Ricardo) Arieu. Me preguntaron si era cierto lo del teniente Italia y les dije que sí. Estaba re asustada. Me preguntaron quién más lo sabía y les dije que (la aspirante tucumana) Marcela Baldiviezo. Me preguntaron cómo se dieron los hechos y les conté. También les dije que tenía todo escrito en mi diario íntimo. Me lo confiscaron y mandaron a buscar a Baldiviezo. Me hicieron salir y al rato me llamaron. Me dijeron: 'Usted va a ser dada de baja de esta institución. El motivo que va a decir es que extraña mucho a su mamá'", señala Patricia. Y por supuesto, la amenazaron. "Ojo con contarle esto a alguien, ni a su madre, o con contar lo que vio con respecto a los heridos o a los simulacros. Recuerde que sabemos dónde están sus familiares, qué hacen y dónde trabajan. También recuerde que el servicio de contrainteligencia va a estar permanentemente detrás suyo. Bueno, ahora firme estos papeles", le sugirieron.
Otros tres casos de abuso sexual que se conocen hasta ahora, aunque sus víctimas no quieren que trasciendan sus nombres porque ni sus parejas saben lo que padecieron. Una de ellas tenía 19 años. Al igual que el resto, culpa a Italia y a Vivanco. Pero aclara: "Es una pesadilla que me llevaré a la tumba. Prefiero olvidar y tratar de pasar lo mejor posible lo poco o mucho que me queda de vida".
Su testimonio también es desgarrador. "A mí me cagaron la vida", sentencia. "Me vejaron y violaron en la habitación donde se guardaban las valijas y los bolsos que teníamos cuando ingresamos, pagado al baño", recuerda. La pesadilla duró unos meses, hasta que pidió la baja.
Hay otro caso que se sospecha, pero que difícilmente pueda ser probado, ya que la víctima falleció. Sin embargo, sus compañeras creen que fue abusada. "Italia la volvió loca, hasta que terminó pidiendo la baja", comentan. A su vez, Alicia Panero cree que deben haber más, pero que todavía no se animaron a contarlo. "La mayoría, hasta ahora, me buscaron a mí, porque hice el libro. Pero cada una tiene sus tiempos", precisa.
La Fundación para el Desarrollo de Políticas Sustentables está trabajando en una presentación integral ante el Gobierno. "Se podría hacer una denuncia penal, pero al margen de que habría que buscar testigos y obligar a las víctimas a revivir todo, sería muy difícil de comprobar un delito, si es que no está prescripto. Pero por lo menos esperamos que haya un reconocimiento, porque el Estado tenía la tutela de estas chicas que fueron abusadas", reflexiona Panero.
"Queremos que se investigue el tema –insiste–, porque la mayoría de las chicas eran menores de edad y el Estado estaba a cargo de ellas. Aun así, primero las sometió al trabajo con heridos de guerra sin las herramientas necesarias y después padecieron el maltrato, la violencia psicológica y sexual, la violencia de la institución. Y encima nunca las reconocieron por lo que hicieron. Es raro que ningún organismo de derechos humanos haya pedido algún informe sobre esto".
El sometimiento no fue sólo sexual. También hubo maltratos físicos y psicológicos. Uno de los testimonios que incluirá la presentación de Fundeps es el de Nancy Susana Stancato, que junto a Patricia se sumó al grupo desde La Plata, también con escasos 17 años. Una publicidad televisiva la motivó a estudiar enfermería. "Soñaba con ingresar a la Armada para escapar del control de mis padres. Nunca imaginé lo que estaba por vivir", repasa.
Una frase la acompañó durante todo el "periodo selectivo preliminar" o PSP: "Queremos mujeres militares, no muñecas vestidas de uniforme". Fue lo primero que escuchó cuando llegó a Puerto Belgrano en medio de una lluvia feroz que recuerdan todas las aspirantes.
La historia de Nancy podría ser la de cualquiera de los conscriptos a los que les pagaron su esfuerzo con humillaciones y olvido. Hace poco le preguntaron si alguna vez la habían maltratado y lo negó. "En esa época no había derechos del menor, violencia de género y demás. Hoy, 33 años después, me doy cuenta de que sí", revierte. Y apunta tres casos puntuales. "Si bien ni me quejo de la instrucción militar, puedo recordar muy bien que por saludar con la muñeca doblada mi instructor me pegó con una tabla, lo que me causó una fisura. Estuve un tiempo con una férula y vendaje. En otra oportunidad, estando de imaginaria en la puerta del alojamiento, en vez de saludar como nos habían enseñado ('Buenas tardes, suboficial, Nancy Stancato, aspirante naval de primer año, rol 117'), sólo dije 'Buenas tardes, suboficial', y ante mi saludo, el suboficial me dio una trompada en el pecho que dejó marcada por varios días un rosario que me habían regalado. También recuerdo que me quejaba porque me dolía la cabeza y yo decía que era porque extrañaba el mate, hasta que un día, la misma persona me llenó la boca de yerba con una cuchara y me dejó en posición de firme por mucho tiempo. Y fui testigo de patadas por hacer mal las lagartijas o por rendirse por no poder más".
Luego llegó la guerra. Todas señalan lo mismo. Primero, antes de que empiecen las batallas, llegaron los primeros soldados del frente con pie de trinchera. Después, arribaron los sobrevivientes del crucero General Belgrano. Y sobre el final, los chicos desgarbados, desnutridos, arruinados. "Son tantas las cosas que no recuerdo y las que recuerdo y no quiero, como los gritos, los llantos de los amputados, los 'me quiero morir', 'no quiero volver así a mi casa', 'no quiero ser una carga para mi familia', los llantos silenciosos, las miradas sin vida", repasa Nancy en su crudo relato.
Su baja fue tan denigrante como la de Patricia y también por motivos que nada tuvieron que ver con su desempeño. Fue a principios de 1983, supuestamente por robar yerba y azúcar del cuartel. La realidad era otra. Había cometido un pecado capital en el mundo castrense: cuestionar. La acusaron de traición a la patria y la amenazaron con matarla y hacer desaparecer a sus padres.
Hace mucho tiempo lo narró en una entrevista. Indicó: "Había unos containers de los que se bajaba un montón de ropa, golosinas y cigarrillos que habían sido donados. Yo pregunté por qué no estaban en las islas y me dijeron que allá no eran necesarios. Pero cuando empecé a recibir a los chicos, vi el grado de desnutrición que tenían. Eran piel y hueso. Hasta se peleaban por una galletita. Todo eso hizo un crack en mi cabeza y lo comenté. Protesté, insulté, pero en mi alojamiento, entre aspirantes y cabos. Nunca a un superior. Igual me llevaron al director Arieu, junto con otras personas que ni me acuerdo, y me dijeron que cometí traición a la patria y que iban a pensar si me hacían una corte marcial y que me podían fusilar. Me dio mucho miedo. En esa época, además, desaparecía gente. ¡Y yo tenía 18 años recién cumplidos! Así que después de 3 días me prohibieron hablar de esto. Y se dejó correr la voz de que robé yerba y azúcar, algo que era muy común. Después me volvieron a llamar, me dijeron que no me iban a fusilar, me hicieron firmar un montón de papeles y me dijeron que si hablaba de Malvinas, mis viejos iban a desaparecer. Nunca más hablé de la guerra".

jueves, 28 de febrero de 2019

La violencia estética: otra forma de violencia contra la mujer | Por la socióloga Esther Pineda G.

Tradicionalmente cuando se aborda la temática de la violencia contra la mujer, con frecuencia la atención es concedida de manera predominante a la violencia física, verbal y psicológica, fundamentalmente ejercida por el hombre contra su pareja mujer, sin embargo, en nuestras sociedades contemporáneas las mujeres son victimas de una forma de violencia poco atendida y no tipificada en la normativa jurídica de nuestros países, pero que ha alcanzado grandes proporciones y ha cobrado la vida de una multiplicidad de mujeres.
Esta violencia contra la mujer referida es la violencia estética, la cual es de orden psicológico pero que tendrá efecto en el aspecto físico de las mujeres, es decir, impacta su subjetividad pero también sus cuerpos, en una sociedad que establece la belleza como elemento constitutivo de la identidad y valoración femenina.
Esta violencia estética se inicia con el proceso de definición de manera arbitraria de modelos y patrones de belleza mediante el imperialismo cultural, es decir, la violencia estética consiste en la promoción por parte de los medios de comunicación y difusión masiva, la industria de la moda, de la música y el mercado cosmético, de unos cuerpos “perfectos”, los cuales no son más que cuerpos ficticios, irreales, concebidos como ideal, como deber ser, como patrón a seguir, y donde las particularidades físicas de las mujeres son denominadas “imperfecciones”, que de acuerdo a los criterios de belleza reproducidos y transmitidos necesariamente han de ser intervenidas y suprimidas, o en el menor de los casos corregidas.
Pero la violencia estética es también, aquella que ejerce el sistema patriarcal cuando los hombres desvalorizan la naturalidad del cuerpo femenino, cuando asumen como criterio de valoración de belleza las mujeres ficticias, es decir, el canon impuesto por el sistema, es violencia estética cuando los hombres, esposos, padres, compañeros, novios, hermanos, amigos, promueven en las mujeres que forman parte de su vida la transformación de sus cuerpos para lucir mas atractivas, cuando son descalificadas y humilladas, es violencia estética cuando el hombre avergüenza a la mujer, critica con ahínco su imagen y apariencia física por no lucir como esa muñeca de perfectos rasgos y medidas exactas que le ha sido prometida por el mercado.
La violencia estética es la violencia que ejerce el mercado de la salud a través de médicos/as inescrupulosos/as que perciben a las mujeres como objetos, como clientes, como negocio, es violencia estética cuando los/as profesionales de la salud realizan procedimientos en condiciones inadecuadas, cuando introducen en los cuerpos de las mujeres sustancias prohibidas por el incumplimiento de la normativa de salud y alta peligrosidad como los biopolímeros, es violencia estética cuando las mujeres no son informadas detalladamente, asesoradas y advertidas acerca de los riesgos asociados a la realización de procedimientos quirúrgicos o ambulatorios dirigidos a modificar su imagen, es violencia estética la implementación de instrumentos inadecuados, materiales vencidos, como también la reutilización de implantes para abaratar los costos e incrementar sus ganancias a costa de la integridad física de las mujeres.
Pero fundamentalmente es violencia estética aquella que ejercen las mujeres contra si mismas, al evaluarse y valorarse a partir de los criterios impuestos por un mercado capitalista que ha cosificado, mercantilizado y comercializado sus cuerpos, es violencia estética aquella que cometen las mujeres contra sí al someterse a cirugías invasivas, restricciones alimentarías, procedimientos agresores de su integridad y su naturaleza, así como, todo el conjunto de elementos constitutivos de la tiranía de la belleza, como medio de adecuación a la expectativa social estética y estereotípica de la sociedad.
Es violencia estética la que ejercen las mujeres contra si mismas al borra su identidad, sus particularidades y someter sus cuerpos al molde impuesto de la belleza, es violencia estética el renunciar a quienes son, al invisibilizar su historia escrita en sus cuerpos, en sus kilos, en sus marcas, la violencia de borrar su unicidad…