viernes, 4 de enero de 2013

Mujeres Libres (1936-1939). Una lectura feminista (Conclusiones)

 Los anarquistas vincularon estrechamente las esferas política y sexual considerando que su proyecto de revolución social, no podía quedar reducido a la transformación de las estructuras socioeconómicas sino que debía incluir un cambio fundamental en las relaciones de género, con el fin de suprimir las relaciones de poder. Una conciencia crítica con respecto al Estado y las relaciones de poder establecidas pudo propiciar el desarrollo de una conciencia feminista centrada en la crítica al autoritarismo en las relaciones interpersonales, así como la aparición de un movimiento feminista autónomo en el seno del movimiento libertario español.
La política sexual del anarquismo español fue, sin embargo, ambivalente y en su discurso, se constata una fuerte tensión entre la ruptura y la tradición, puesto que si bien consideraron que a las mujeres les correspondía el lugar de iguales y no de subordinadas, no rompieron, salvo excepciones, con el discurso dominante de la diferencia sexual y la complementariedad entre los sexos, que se manifiesta por ejemplo en la identificación entre feminidad y maternidad. No obstante, hay que tener en cuenta la gran heterogeneidad del pensamiento libertario y la existencia de considerables diferencias en el discurso de los distintos autores y autoras.
Mujeres Libres, cuyo surgimiento y desarrollo solo podemos entender desde el anarquismo, corriente ideológica que impregna todo su discurso, propugnará una redefinición de las relaciones de género sobre bases igualitarias y antijerárquicas, así como una redefinición del concepto de mujer. Desafiando las concepciones patriarcales de la feminidad, impulsaron la autodeterminación y la autonomía de las mujeres, que debían definirse a sí mismas desde un ángulo de visión propio.
La consideración de la dimensión política de la vida privada y las cuestiones sexuales así como la defensa de la anticoncepción y el control de la natalidad como instrumentos emancipatorios, anticipan la política sexual feminista de los años sesenta y setenta. Esta pondría el acento en aspectos de la experiencia femenina como la maternidad y la sexualidad, insistiendo en la desvinculación entre ambas y reclamando derechos reproductivos, incluido el derecho al aborto, que se convirtió en una de las principales reivindicaciones del periodo.
Por otra parte, los anarquistas, en su defensa del amor libre y la libertad sexual de las mujeres, constituyeron un antecedente a la consideración, por parte del feminismo de segunda ola, de la necesidad de desafiar las relaciones de poder que tenían lugar en el espacio privado y proponer nuevas formas de relación antiautoritarias.
Existen así evidentes conexiones teóricas y prácticas entre el feminismo anarquista y las agrupaciones feministas de la segunda ola. Estas, surgidas en el contexto de los nuevos movimientos sociales en la década de los sesenta, se fundamentaron en relaciones de solidaridad, afinidad y experiencias compartidas, optando por la autogestión y por estructuras organizativas descentralizadas y conscientemente antijerárquicas, como oposición a una cultura masculina fundamentada en relaciones de poder y dominación patriarcal, al tiempo que se centraron en la reivindicación de autonomía y libertad personal. Quizá la principal diferencia de estos movimientos que, en contextos socioeconómicos tan distintos, realizaron planteamientos tan similares, sea el interclasismo propio de la segunda ola frente a la perspectiva proletaria y de clase de las anarquistas.
Mujeres Libres, consideraría a las mujeres como individuos conscientes capaces de determinarse por sí mismas y participar activamente en la revolución social anarquista, en la construcción de una nueva sociedad. Para Mujeres Libres, las mujeres debían ser, en definitiva, sujetos revolucionarios que propiciasen el cambio social con su oposición a los esquemas existentes.
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